Acumulé los restos del naufragio
antes de que amaneciese,
metiéndolos en una maleta
que desteñía rabia y sombras.
Eran como cuerpos inertes
que luchaban por tener un espacio
en algún lugar de mi memoria,
que cansada repartía al trote,
entre lo engañoso y lo deseado.
Pero ya no quería equivocaciones
que soberanamente caras me había costado hacerlas.
Pero, ¿cómo no volver a hacerlo?
Lo errado está tan unido a lo perfecto
que siempre nos confundirnos,
siendo casi imposible no volver a intentarlo y enmendarlo.
Por eso, en la maleta,
prueba fehaciente de que ocurrió tan cruel desatino,
se unen unas y otras causando un desorden
entre el corazón y la mente
con una dificultad muy intensa de no poder diferenciarlas.
Porque los impulsos de un corazón a retazos pueden,
a menudo, guiarnos a lo que no es correcto.
La eterna lucha del corazón y la mente, no hacen sino manifestar que estamos vivos. Que la felicidad, es muchas veces, recordar los naufragios sabiendo que no hemos de morir por ellos.
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